Como sabemos, el sistema educativo se rige por el buen y correcto funcionamiento tanto del alumnado como del profesorado dentro de la institución educativa
Pero...¿qué pasa con aquellas personas que no cumplen las normas o alteran el correcto funcionamiento del aula?
Bueno... no todo es la expulsión, previamente existen varias alternativas. Una de ellas es que se le deriva al aula de convivencia, otra es intentar razonar y buscar que produjo la conducta, en casos leves puede si en el centro existe, que el servicio de mediación entre el alumnado lo resuelva, en otras ocasiones se les avisa con un parte de disciplina que según la gravedad o a la acumulación de estos, puede provocar la expulsión del centro.
Las expulsiones se deben a múltiples motivos, desde pérdidas de puntos por un comportamiento inadecuado, por no obedecer las normas de convivencia del centro hasta agresiones a compañeros/as o algún miembro del equipo educativo.
Como ejemplo de reiteración de conductas contrarias a las normas de convivencia, nos encontramos por ejemplo, el uso del móvil, no sacar los materiales, no dejar trabajar al resto del alumnado o incluso comer chicle en la clase.
A continuación podremos observar en esta tabla una comparativa del motivo de expulsión desde el año 2015 hasta el 2019.
Como podemos observar, la mayor causa de expulsión durante estos 4 años ha sido la reiteración en un mismo curso de conductas contrarias a las normas de convivencia, es decir, la acumulación de partes o pérdida de puntos, pero lo que llama la atención es como cada año se produce un incremento de las injurias y ofensas, como puede ser amenazar "a alguien de que a la salida lo espera", cruce de insultos, mofarse o burlarse de alguien, etc, y que ya puede ser contra un compañero o compañera o contra alguna persona del equipo educativo.
Resaltar como en los dos cursos del 2017 al 2019 se produjo un despunte en cuanto al motivo de la sanción ya que vemos como el 30% en el año 2017-2018 y un 17,9% de las expulsiones se deben a agresiones físicas, lo que nos llama notablemente la atención puesto que rebela una mayor agresividad de los/as menores, en los que ya no se quedan en una simple amenaza si no que además imponen su fuerza física.
Estos datos nos permiten elaborar intervenciones más específicas en cuanto a resolución de conflictos, control de impulsos, tolerancia a la frustración... pero sobre todo centradas en el/a menor, ya que estas conductas no dejan de ser el fiel reflejo de que algo no va bien.
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